El sueño de los culpables

Es un clásico del cine negro: varios sospechosos son metidos en un calabozo y, a la mañana siguiente, el que está plácidamente dormido se descubre. El detective ya ha solucionado el caso. El culpable no tiene nada que perder, sabe que lo es y está tranquilo porque tiene la certeza de que ha sido desenmascarado.

¿Estamos durmiendo el sueño de los culpables?

Parece que nos ha invadido la modorra, la sensación de que hemos dilapidado el Estado del Bienestar, de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades: una generación –la que ha cambiado nuestro país- no ha sabido canalizar las conquistas de la democracia y dar el relevo; la otra, fruto de ese cambio –la más preparada de nuestra historia- no encuentra el testigo y afronta el futuro con creciente nihilismo, con la sombra del paro y de la ausencia de oportunidades, con la amenaza real de vivir una vida mucho peor que la de sus padres.

Hay muchas formas de encarcelar, de cortar las salidas, algunas son sumamente sutiles. No resulta complicado convencer de que ciertas medidas son necesarias.

La amenaza de una crisis de dimensiones mayores a las que esperábamos ha sido la excusa perfecta para la Reforma Laboral y la elaboración de unos Presupuestos Generales del Estado que quieren dar cerrojazo a otras posibles salidas de esta situación con un replanteamiento de nuestro modelo productivo y económico. Pero es necesario, se nos ha explicado. Es necesario el sacrificio.

Es necesario que de los cinco problemas endémicos de nuestra economía: el desempleo, el elevado déficit público, la deuda privada, el bajo consumo y la escasa competitividad exterior, se haya elegido sólo reducir el déficit público al famoso 5,3%. No sólo es necesario, sino que afecta directamente a la inversión de las Administraciones Públicas, limita tanto la demanda como la oferta agregada, y supone dinamitar nuestros servicios públicos y generar más paro. Es tan necesario para calmar a los mercados que la respuesta inmediata ha sido un aumento de la prima de riesgo.

Es necesario reducir un 21,18% el presupuesto de Educación: 3.000 millones menos. No saldremos de ésta con un profesorado más formado (se reduce un 91,9% la formación permanente), con una Educación Universitaria de calidad (las partidas de Universidad descienden un 62,5%), con el uso de nuevas tecnologías (se recorta un 53,2% el presupuesto) o con una mayor inversión en todas las etapas educativas (sus partidas caen de media un 32,7%). Incluso aunque sepamos que es imposible una recuperación económica a medio y largo plazo sin invertir en Educación y en I+D+i.

A fin de cuentas, los jóvenes saldrán adelante. De todo se sale. Por eso no se va a invertir en políticas activas de empleo: da lo mismo la empleabilidad (se reduce el presupuesto 1.600 millones de euros).

Parecen más interesantes las deducciones fiscales de las empresas, en la línea de la nueva precarización del “emprendedor” que propone la Reforma Laboral. Curiosa forma de agradecer a la generación más joven de trabajadores tanto que dejaran el mercado laboral –especialmente por el sector de la construcción- sin formarse suficientemente como, a los que continuaron, que hicieran el esfuerzo de formarse bien con miras a tener un puesto de trabajo digno.

Buena forma de no responder a ninguna de las dos problemáticas de la juventud.

Sin embargo, sí hacía falta una amnistía fiscal, la misma amnistía que el gobierno criticaba duramente desde la oposición. Hay que atraer el capital defraudado, premiando con una jugosa rebaja el fraude fiscal y sin que esto, como se ha señalado acertadamente en diversos foros económicos, suponga ninguna obligación posterior con la hacienda pública. Es imperioso recuperar 2.500 millones para el fisco cuando, con la rebaja fiscal que supone hacerlo al 10% de imposición, se dejan de percibir 6.000 millones de euros: todo el recorte del presupuesto de Educación convertido en una tentadora oferta para los defraudadores que, si no fuera tan necesaria, podríamos llamar directamente regalo o favor pendiente.

Debemos ser tan políticamente correctos como cuando normalizamos bajo las expresiones “culpa de la herencia” o “situación límite” las continuas y sistemáticas mentiras sobre las intenciones reales del gobierno en su campaña electoral, con la que ganó las elecciones y su supuesta legitimidad.

Despertemos. No somos los responsables de esta crisis, y la mayoría de nosotros, tampoco del actual gobierno. Desperecémonos, la Huelga General ha sido un primer paso.

Dejemos el pesimismo para tiempos mejores. No todas las soluciones son iguales, ni tampoco todas nuestras actitudes.

Parece más el momento de estar bien atentos, de ser lúcidos con este intento de encarcelarnos socialmente, de combatir los placebos que van a hipotecar nuestro futuro vendidos como paliativos de lo irremediable, de defender con firmeza los derechos que tanto nos ha costado conseguir. Una buena oportunidad: el 1º de Mayo.

Si permanecemos inertes, si la desidia o el cansancio se apoderan de nosotros es cuando podemos encontrarnos la paradoja de que nuestra pasividad hace realidad el sueño de los culpables de esta situación. Que los hay.

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